Ordenando cajones

Llevo semanas ordenando cajones, cada día uno -no estoy para muchos trotes ahora mismo-. Me siento, lo vacío y me paro en cada cosa decidiendo si vuelvo a guardarla, si hay que repararla o si directamente va al cubo de la basura. Coloco todo para tener claridad visual y ver si eso se refleja en mi cabeza. Para encontrar un poco de luz entre tanta oscuridad. Si no puedes solucionar tus problemas intentas que, por lo menos, lo que tienes alrededor esté en su sitio.

Es irónico pensar que tu vida vaya a arreglarse por tener la casa recogida. En realidad es pura supervivencia. Como cuando te cortas el pelo tras una ruptura. No sirve de nada, puede ser incluso contraproducente. Pero necesitas ser otra persona. Aunque sea solo por un momento.

Cuando tu vida deja de ser como era -por cualquier circunstancia- el desasosiego se instala en ti. La incertidumbre, las decisiones que tendrás que tomar, las consecuencias, en definitiva el futuro. Todo eso te llena de angustia y de miedo. Tanto que sientes que te vas a ahogar. Suspiras y dejas salir lo que te tiene anclada al fondo. Después solo silencio.

Tu mente en mute es uno de los mayores grados de tranquilidad que puedes alcanzar. Pero no es nada sencillo acallar los miles de pensamientos que afloran constantemente y a tal velocidad que merecerían ser multados.

A veces, encuentras pequeños oasis en el desierto, claros en mitad de la tormenta, esos ratitos de calma que te llegan a través de una foto espectacular de un atardecer o de una llamada para acercarte el mar al refugio en el que se ha convertido tu hogar. Otras, es un vídeo de un concierto al que tampoco has podido ir, pero que vives gracias a alguien que se acuerda de ti y lo disfruta el doble por las dos.

También te da un respiro charlar con amigas que van a tomar un café o un desayuno contigo para distraerte y que no pierdas el contacto con la realidad. O ese mensaje que se interesa por cómo estás, aunque la pregunta sea casi retórica porque ya conoce la respuesta. O las videollamadas con tu sobrina en las que te saluda sonriendo, llama al gato con las manos y te tira besitos. O ese abrazo intenso, los mimos en el pelo o la mano que te agarra fuerte para decirte que no te va a soltar.

Todos esos instantes apagan el ruido durante un rato. Después regresa el caos y vuelves a colocar cajones. Quién sabe, puede que en ellos encuentres todo lo que has perdido.

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