Mis gratitudes

Desde hace algún tiempo pienso mucho en la vejez y en el predecible final que esa etapa de la vida conlleva. Actualmente la esperanza de vida de las mujeres está en 84 años, así que yo estoy prácticamente a mitad de camino -tengo 41 largos-, por supuesto, si nada lo impide antes. Sentir cómo se me escapa la juventud entre las manos, notar que mis padres se van haciendo mayores o tener la vida parada en estos momentos hace que reflexione y me plantee demasiadas cosas últimamente.

Puede que influya también que vivo enfrente de una residencia de ¿ancianos? ¿tercera edad? ¿mayores? La verdad es que no sé muy bien como denominarla, ninguno de esos nombres me parece adecuado. Tal vez ver a los residentes a diario a través de la ventana o paseando por los alrededores de la zona propicie que piense con frecuencia en ello. Quizá esté contemplando mi futuro a solo unos pasos de mí y desconozco si eso me calma o me asusta.

Es posible que el hecho de no haber podido ser madre me haga tener otra mirada de lo que vendrá. No me refiero a pensar con pena que no habrá quien me cuide ni nada por el estilo -tener hijos tampoco te lo garantiza-, me refiero a que cuando yo ya no esté se acabó. Nadie se quedará mis cuadernos, mis fotos, mis cajas de música, mis vinilos o todos mis libros. Así que yo que siempre he sido de guardarlo todo, he empezado a preguntarme que para qué, si al final irá a la basura dentro de unos años o, en el mejor -o peor- de los casos, a una mesa de algún mercadillo vintage, si es que en el futuro siguen existiendo.

También puede contribuir a la formulación de todas estos interrogantes que mis últimas lecturas y algunas de las que tengo pendientes tratan sobre hacerse mayor, la enfermedad y/o la muerte. El mes pasado me leí el libro de Delphine de Vigan Las gratitudes, a decir verdad, lo terminé, realmente lo había comenzado en septiembre. Y aunque es un libro corto, esta vez no fue la pereza la que hizo que tardara en leerlo, sino el no querer acabarlo porque me estaba tocando el corazón y deseaba mantener esa sensación.

Las gratitudes trata, como su nombre indica, de la gratitud, pero también de la dignidad, del dolor, de la angustia cuando se te escapan las palabras -y de alguna forma la vida-, del morir en paz, de los silencios que dicen tanto, de la generosidad, de acompañar, de la ausencia, de las confidencias. Y es que qué distinto es morir con dignidad, en paz y acompañado, sobre todo para el que se va, pero también para el que se queda.

En el libro, la protagonista sufre afasia, una patología cerebral que produce problemas a la hora de hablar y expresarse por confundir unas palabras con otras. Con lo importante que era el lenguaje para ella que había trabajado toda la vida como correctora. No encontrar las palabras que necesitaba era motivo de mucho desasosiego y no me extraña. Yo, que toda la vida me he refugiado en las letras cuando he necesitado esconderme, desconectar o huir, no me imagino lo horrible que tiene que ser que lo que siempre te ha tranquilizado de repente se convierta en tu peor pesadilla.

A pesar de que, a priori, pueda parecer una novela triste, sus páginas te van acunando como esos abrazos cálidos en los que el ritmo de los dos corazones se acompasa. Su lectura es como un beso en la frente, cuando te sientes cuidado y a salvo. Hacía mucho que no leía nada tan bonito, tan bálsamo para mis heridas.

Después pensé en lo que haría yo llegado el momento de despedirme. Qué agradecería y a quién, qué me gustaría decir, qué sería lo último que querría escribir. Y no sé por qué, me acordé de un matrimonio que paseaba por Sor Ángela de la Cruz cuando vivíamos en Madrid. Ella iba delante con una bolsa de supermercado en el antebrazo, él siempre un paso por detrás arrastrando los pies, con una mano apoyada en el hombro de su mujer y en la otra un cigarro. Todos los días sobre la misma hora. Mi pareja y yo los observábamos con cierta admiración y nos preguntábamos si nosotros iríamos así -aunque sin cigarro y uno al lado del otro- cuando llegáramos a su edad. De alguna manera nos lo prometíamos cada vez que nos los encontrábamos.

Entonces me di cuenta de que realmente llegado ese momento, cuando tuviera que despedirme solo me gustaría seguir agarrada de su mano. El resto de preguntas quedarían resueltas en ese mismo instante y podría marcharme en calma.

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