Mi amor, mi amasijo de huesos

Como escribió Laura Ferrero hace unos meses en uno de sus artículos, amor es que vengan a buscarte. Nos lo había contado también, algunos años antes, Fernando León de Aranoa a través de Candela Peña en su maravillosa película Princesas.

El amor es eso, ¿no? Que te vayan a buscar a la salida… El resto es todo una mierda, ni flores, ni anillos…

No podría estar más de acuerdo con esta definición. Yo añadiría que amor es que te hagan reír cada noche antes de dormir y, sobre todo, en momentos en los que uno solo puede llorar. No hay mejor manera de terminar el día que desternillándote en la cama con la persona que quieres, reduciendo todos los problemas hasta hacerlos invisibles, aunque sea durante unos pocos segundos.

Nunca he sido una romántica, no me van los anillos ni los bombones (las flores sí, flores siempre, y bolis de colores), no me gustan los gestos típicos de amor ni las grandes declaraciones, no tenía pensado casarme -al final lo hice pero de una forma sencilla, sin mucho artificio-, y siempre he odiado lo de ‘hincar rodilla’ para pedir matrimonio. Ni una sola vez he celebrado San Valentín, ni regalos, ni cenas especiales, ni muestras de cariño diferentes a las de cualquier otro día. No va conmigo ni lo necesito.

Sin embargo, no puedo evitar emocionarme con las rosas que mi padre le regala a mi madre cada catorce de febrero desde hace casi cincuenta años. Observo con ilusión como mi hermano pequeño disfruta y celebra cada fecha importante con su pareja, creando recuerdos para hacerla más especial si cabe. Y sonrío cuando mi hermano mayor, que reniega siempre de los ‘días comerciales’, tiene detalles cursis con mi cuñada tras más de veinte años de relación.

Supongo que lo mío es más vergüenza que otra cosa. No lo sé. Tampoco me produce envidia. Me gustan sus formas de expresarse pero no sirven para mí. Siempre he sido más reservada en ese sentido, más callada. No es que quiera poco -¿cuánto es poco?- ni que quiera menos -¿cuánto sería menos? Cada uno tiene su propio código de lo que es querer y eso está bien.

Antes de ayer no tuve corazones ni rosas, pero a lo largo de estos años he vivido millones de momentos bonitos cargados de cariño. No puedo estar más agradecida ni más feliz por ello y espero poder seguir sumándolos mañana. Mi definición del amor tiene nombre propio y mil formas de manifestarse.

Una caricia en la pierna mientras conduce y sabe que voy angustiada. Que me agarre fuerte la mano para que sepa que está conmigo y no me va a soltar. Que aprendiera a hacer bechamel para prepararme mi comida favorita de sorpresa -a pesar de aborrecer ese plato-, que haya ido a recoger mis tropecientos paquetes de rebajas y a devolver a la tienda lo que no me quedo porque yo no puedo moverme y sabe que eso me hará un poquito más feliz.

Que esté más nervioso que yo cuando me van a operar y me diga sonriendo que es porque me quiere mucho, pero lo que guarda es que está aterrorizado solo con pensar que pueda perderme. Que me pele una naranja. Que me arrope con la manta en el sofá. Que me seque el pelo. Que me haga fotos horrendas y se ría hasta llorar. Que me preguntara a las horas de conocerme que quién cuidaba de mí y se quedara a mi lado para hacerlo él mismo. Que me haga reír, a pesar de todo, que me haga reír, siempre.

Mi amor, mi amasijo de huesos.

Deja un comentario