Los libros nos hacen viajar a mundos increíbles, transitar por situaciones similares a las que atravesamos en la vida o nos ponen en la piel de otros. Y eso es maravilloso. Pero la música tiene el poder de devolvernos al pasado y ubicarnos en un instante concreto de nuestra historia con un solo acorde. Como si de una máquina del tiempo se tratara. Y eso es casi aún más maravilloso.

En El Faro, programa de radio de Mara Torres, utilizan canciones para recordar momentos de la biografía de los invitados. El mes pasado vi un pedacito de la entrevista a Pastora Soler y con la primera nota de Los dos cogidos de la mano, de Alejandro Sanz, ya tenía la lágrima asomando. Explicó que le llevaba a tiempos felices, a sus amigas, al instituto, a los primeros amores, en definitiva, a su juventud.
La Oreja de Van Gogh lleva un tiempo de gira y cada concierto rezuma nostalgia por los cuatro costados. Estar allí supondría para mí regresar a los catorce años cuando empezaba a sonar ese “llega tarde el 28 y nerviosa miro el reloj”. Recorrería mi adolescencia y los años de universidad en unos cuantos minutos a través de aquellas canciones. Por eso se entiende que a casi nadie le importe si se desafina o no, solo quieren pasar una noche mágica con millones de recuerdos y cantar hasta quedarse sin voz.
También he leído a la poetisa Sara Búho hablando de esto. Ecribió en su Instagram que la música es como una cápsula del tiempo, tras haber asistido a una actuación de Neyo. Y es que uno guarda anécdotas durante años en un rincón de su cabeza y parece que se ha olvidado de ellas. Pero tiempo después suena una melodía y todo sale a la superficie. Como si de repente abrieras la caja de los tesoros que enterraste hace años. Y tú lo revives como si estuvieras allí de nuevo.
La red social de música Spotify ha creado, con motivo de su veinte aniversario, una lista con tus canciones más escuchadas desde que usaste la aplicación por primera vez. Mi recopilatorio condensa los años previos a marcharme Madrid y toda mi etapa allí.
He rememorado cada paseo, cada cena, cada lágrima. Todas esas letras están llenas de aprendizaje, de esfuerzo, de ilusión, de desamor, de tristeza, pero también de sonrisas y hasta de carcajadas. Hay tanto de mí, de quién fui, en esas canciones que es imposible no emocionarse.
No sé si será cosa de la edad, pero cuando uno echa la vista atrás casi siempre pensamos que allí éramos más felices, aunque no nos sintiéramos así mientras sucedía. Supongo que por eso se han puesto de moda las listas y las sesiones en discotecas con temazos de otras décadas. Nos gusta creernos jóvenes y despreocupados como antes.
Y es que el día a día, las responsabilidades, las expectativas, el trabajo, la pareja, los hijos y/o la salud nos comen por dentro. Estamos llenos de nostalgia porque ya nunca seremos los que fuimos. Aunque eso no sea siempre necesariamente negativo.
Al menos, siempre nos quedará la música.