El poder de la luz verde

“Brillas tras las imágenes del sueño

alumbrando los pasos de quien duerme soñándote”

(Brillas. Piedra Rota. José Ramón Ripoll)

 

Ayer, tomando unas cañas, entre confesiones y risas, hablaba con una amiga sobre la dependencia que nos creamos –porque nos la creamos nosotros mismos– de estar constantemente atentos al móvil. Miramos ansiosos si parpadea una luz verde o no en medio de la oscuridad de la pantalla apagada. Un destello que guarda mucho más que noticias de algún emisor, esconde ilusión o decepción, alegría o angustia, incluso autoestima. Muchas veces nuestro estado de ánimo tiene mucho que ver con que luzca o no una pequeña bombillita, algo que a pesar de ser del todo absurdo, tristemente es real. “En el momento que llegas a ese punto, estás perdido”, decía mi amiga.

La luz verde es la clave de todo, la llave con la que se abren todas las puertas. La luz verde de los semáforos te da vía libre para pasar, una luz verde te indica que están libres los baños, los probadores, las salas de revelado, incluso los confesionarios. Cuando te dicen que tienes luz verde es que tienes permiso absoluto para hacer lo que deseas, ya sea para llevar a cabo un proyecto, para tomar una decisión o para lanzarte a la piscina sin pensar si estará o no llena.

FOTO GATSBY

Pensando en ello, recordé otro tipo de luz verde, la que describió F. Scott Fitzgerald en El gran Gatsby. Aquella que creía tocar con la punta de los dedos desde la lejanía. Esa luz contenía su esperanza, sus sueños, sus anhelos, lo que verdaderamente importaba. Y resulta que noventa años después de la publicación de ese libro, seguimos haciendo lo mismo, esperando un rayo de luz. Ahora es más pequeña, pero igual de intensa, un resplandor que indica que alguien te recuerda, te espera, que hasta podría llegar a quererte. Esa luz que anuncia buenas o malas noticias.

En el fondo estamos rodeados de luces verdes y todas ellas no son más que una llamada de atención, un “estoy aquí”. Como las de los pescadores a la orilla que veía cuando era pequeña las noches de verano en la playa. Una hilera de pequeños puntos que observados desde la lejanía parecían luciérnagas alineadas. O la de la cruz de las farmacias, que son como un oasis en el desierto, y nos solucionan la vida en mitad de la desesperación por aliviar nuestro malestar. O las de los aviones, que indican que puedes quitarte el cinturón, que no hay peligro, que estás “a salvo”.

Todas estas luces verdes tienen un poder especial, aunque no nos demos cuenta. Al igual que Gatsby cuando estiraba su brazo sentía que estaba acariciando el rostro de su gran amor, a nosotros esa luz verde a veces nos hace imaginar que estamos en cualquier otra parte y con solo cerrar los ojos también llegamos a abrazar a los que están al otro lado del lago o del teléfono.

 

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